Al oeste del pecos

Al oeste del pecos

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—Pues…, Terrill, creo que está usted tumbado sobre la hierba y que comienza a reponerse de su desvanecimiento —respondió con calma Pecos—. Pero no estoy tan completamente seguro de si estoy o no estoy en el cielo.

—¡Sambo!

Pecos había olvidado al negro. Pero Sambo apareció a cierta distancia de la orilla, con el caballo seguramente dirigido hacia la ladera.

—¡Bien! Sambo se ha portado excelentemente, Terrill… Y lo más probable es que el caballito de usted esté allá abajo, trepando por la ladera…

Terrill se sentó vacilante y se llevó de modo instintivo una mano al pecho, donde sus dedos se apretaron contra las solapas de la chaqueta.

—Pecos, le debo muchísimo —murmuró soñadoramente Terrill—. Primero, en Nido de Águila, me salvó de… de… no sé de qué… Luego, en casa… Las noches negras…, la terrible soledad… Y ahora… de este horrible río… No… No sé cómo…

—¿Para qué son los compañeros? —la interrumpió Pecos, que había recobrado su habitual frialdad y la lentitud de su habla—. Voy a buscar su caballo, y cuando lo encuentre nos iremos a casa… Todo esto que ha sucedido está comprendido en los azares de las excursiones, muchacho, todo ello está comprendido.


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