Al oeste del pecos

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XII

Terrill tuvo que taparse la boca con una mano para abstenerse de gritar. Podría haber sido una risa histérica, pero ella sabía bien cuán sin alegría habría sido. Voló a su habitación, con peligro inmediato de romperse la cabeza en la oscuridad, cerró la puerta y se entregó a un género de arrebatos femeninos más asombroso todavía.

¡Obtener una esposa! —murmuró fieramente mientras desgarraba las cubiertas de la cama y daba puntapiés a nada—. ¿La chica de los Heald?… ¡Dios misericordioso! ¡Creí que ya la habría olvidado! ¡Aquella mujer de corazón frío, aquella infiel, desgraciada! Es un hombre de la clase de los que mi madre me decía siempre que me guardase… Pero soy su jefe, está trabajando para mí… ¿A qué se llama ser compañeros? Ésta es mi tierra, este ganado es mío… No puede casarse con nadie más que con… ¡Oh, oh!

Terrill se arrodilló y enterró la cabeza entre las almohadas. Pecos no sospechaba que ella era mujer…, que podría ser su esposa. Pero ¿cómo podría amarla sin saber que era una mujer? ¿Quién había allí que pudiera decirle que ella, Terrill Lambeth, le amaba, le adoraba, le idolatraba más que podría amarle, adorarle e idolatrarle cualquiera otra mujer? Y el antiguo tormento la acometió de nuevo, aumentado un millar de veces por este terrible objeto del amor; los celos.


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