Al oeste del pecos
Al oeste del pecos Terrill tuvo que taparse la boca con una mano para abstenerse de gritar. PodrÃa haber sido una risa histérica, pero ella sabÃa bien cuán sin alegrÃa habrÃa sido. Voló a su habitación, con peligro inmediato de romperse la cabeza en la oscuridad, cerró la puerta y se entregó a un género de arrebatos femeninos más asombroso todavÃa.
¡Obtener una esposa! —murmuró fieramente mientras desgarraba las cubiertas de la cama y daba puntapiés a nada—. ¿La chica de los Heald?… ¡Dios misericordioso! ¡Creà que ya la habrÃa olvidado! ¡Aquella mujer de corazón frÃo, aquella infiel, desgraciada! Es un hombre de la clase de los que mi madre me decÃa siempre que me guardase… Pero soy su jefe, está trabajando para mÃ… ¿A qué se llama ser compañeros? Ésta es mi tierra, este ganado es mÃo… No puede casarse con nadie más que con… ¡Oh, oh!
Terrill se arrodilló y enterró la cabeza entre las almohadas. Pecos no sospechaba que ella era mujer…, que podrÃa ser su esposa. Pero ¿cómo podrÃa amarla sin saber que era una mujer? ¿Quién habÃa allà que pudiera decirle que ella, Terrill Lambeth, le amaba, le adoraba, le idolatraba más que podrÃa amarle, adorarle e idolatrarle cualquiera otra mujer? Y el antiguo tormento la acometió de nuevo, aumentado un millar de veces por este terrible objeto del amor; los celos.