Al oeste del pecos
Al oeste del pecos La joven se hallaba en el vértice de la hora más terrible que habÃa soportado en toda su vida cuando una llamada a su puerta la obligó a enderezarse, intrigada.
—Terrill, ¿se ha acostado usted? —preguntó Pecos, ansioso.
—Pues… sÃ… sà —respondió con voz queda Terrill.
—¿Le ha sucedido algo? Parece que tiene usted ronca la voz.
Terrill hizo un magnÃfico esfuerzo.
—Es posible que haya hablado con la cabeza entre las sábanas —acertó a decir claramente—. ¿Qué desea usted, Pecos?
—No mucho… Solamente querÃa hablar con usted unos momentos. Ese Watson me ha sobresaltado un poco.
—Pecos, voy a levantarme y a vestirme —replicó con todo descaro Terrill, mientras maldecÃa mentalmente su osadÃa y su falsedad.
—No, no. Yo entraré —contestó Pecos. Y con gran horror por parte de Terrill, la barra de la puerta, que sin duda no habÃa sido bien encajada, cayó al suelo y permitió a Pecos la entrada—. Está tan oscuro como el infierno este rincón —dijo Pecos lentamente—. Es la primera vez que entro aquÃ, ahora que lo recuerdo. Es usted un muchacho muy extraño.