Al oeste del pecos
Al oeste del pecos Visto desde la lejana cumbre de la loma oriental, el río Colorado parecía una serpiente verde con una línea brillante en el centro del lomo, que se arrastrase sobre unas llanuras amarillentas y ondulantes. En aquel terreno, unas rayas negras y unas manchas grandes se destacaban con toda claridad bajo la luz de la mañana. Solamente algunas de ellas eran visibles desde el lado norte del río; desde el sur de las orillas, aquellos significativos y sorprendentes contrastes del amarillo y del gris de la pradera se extendían hasta donde la vista podía alcanzar y se desvanecían en la purpúrea oscuridad del horizonte.
Las manchas negras eran búfalos. Había millares de reses en la dispersa cabeza de la manada; y en la ancha masa que se alejaba hacia el Sur, había millones. La anual emigración hacia el Norte había comenzado.
Los cazadores gritaron presas de la codicia. Lambeth con los negros ojos brillantes, corrió atrás para hablar con Terrill. Parecía un hombre diferente al que había sido. El sol, el viento y la acción comenzaban ya a borrar de su rostro las huellas de la adversidad.
—Rill, ¡ahí están! —dijo con alborozo—. ¿Qué te parece esta vista?