Al oeste del pecos
Al oeste del pecos —¡MagnÃfica! —contestó Terrill en voz baja. Estaba viajando junto a Sambo, en el asiento de conducción del carro. Dixie se hallaba cojo, y Terrill, después de haber montado los dos caballos de paso más rápido, se alegraba de poder encontrar un descanso a su diario cabalgar.
—Señita Rill, seguramente matará uté su primé búfalo hoy —dijo el negro.
—Sambo, no tengo muchas ganas de volver a disparar otra vez con ese fusil Henry —respondió riendo Terrill.
—No lo tuvo uté batante sujeto —explicó Sambo—. Etuvo uté a punto de caé al suelo.
A pesar de que marchaban cuesta abajo, los carros no llegaron junto al Colorado hasta las últimas horas de la tarde. Hudkins, el jefe de la expedición, escogió un recodo arbolado próximo al rÃo para instalar el campamento, un lugar en que la parte despejada del terreno y algunos troncos desgajados demostraban que habÃa sido utilizado con el misma fin anteriormente. Las hojas de los árboles estaban medio desarrolladas, la hierba era verde, las flores se inclinaban con gracia al extremo de unos largos tallos y el rÃo murmuraba suavemente al pie de la pendiente.