Al oeste del pecos

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Pecos compró tres carros, uno nuevo y dos de segunda mano, y doce caballos, todo lo cual fue adquirido a precios ventajosos. Mas cuando estos tres grandes vehículos estuvieron cargados hasta los asientos, representaron un valor de varios centenares de dólares, sin contar los preciosos tesoros de Terrill. Con los armamentos de Pecos, con las provisiones de boca para un año, muebles, herramientas, lechos, tablones artículos de piel, botas, ropas, utensilios, lámparas, aceite y otros varios artículos igualmente necesarios que Pecos ni siquiera podía recordar, los carros quedaron cargados hasta el límite de su capacidad.

—¡Demonios! ¡Se me pone el pelo de punta cuando pienso que he de cruzar el río con toda esa carga! —exclamó Pecos en un tono en que se mezclaban la esperanza y la inquietud.

—Es posible que se le ponga todo el pelo de punta antes de que lleguemos allá —replicó secamente Johnson. Al fin salieron de Rockford en las primeras horas de una mañana. Slinger y Johnson guiaban un carro cada uno y Pecos el tercero, con Cinco atado tras él. Terrill, nuevamente vestida con su antiguo mono azul y su chaqueta, cubierta por un destrozado sombrero que había recogido en cualquier parte, marchaba a caballo sobre su jaquito mesteño, junto a Pecos, convertida otra vez, para él, en un muchacho.


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