Al oeste del pecos

Al oeste del pecos

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Terrill tenía la cabeza apoyada en el hombro de Pecos y, al fin, estaba llorando.

—¿Por qué lloras, querida? —preguntó Pecos con dulzura mientras acariciaba el cabello de la muchacha—. Ya estamos en casa…

—¡Oh, Pecos…, soy… soy tan… feliz…!, ¡si papá…, si papá hubiera podido… verlo…!

El último resplandor del crepúsculo se desvaneció sobre el río. Unas sombras negras marcaron las espesuras de las laderas. La noche terminó de caer sobre el solitario valle. Un sordo murmullo de agua encrespada se elevaba hacia lo alto. El aire se enfrió. El viento agitó la enramada. Y un cuarto de luna se asomé tras las alturas para mirar curiosamente hacia abajo. El Pecos continuaba corriendo, melancólico y austero, atento solamente a la misión propia de su naturaleza, sin detenerse a pensar en las vidas ni en los insignificantes amores de los hombres.





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