Al oeste del pecos
Al oeste del pecos Terrill se acostó después de la cena, y Pecos paseó de un lado para otro, escuchando los sonidos bravíos de la noche, observando cómo el resplandor de la luna descendía por la cumbre, mirando hacia el negro abismo del río, rindiéndose lentamente a la emoción que estaba represada en su interior. Y se maravilló de que Dios hubiera sido tan bueno para que unas plegarias aprendidas de su madre, ya medio olvidadas, volvieron a su imaginación. Su felicidad y su conciencia, ganadas en aquellas horas blanqueadas por la luz de la luna, parecieron incrementar las fuerzas que latían en su imaginación. Tenía aún sobre los labios el dulce fuego de los besos de Terrill, y miró con éxtasis las vigilantes estrellas. Siempre había tenido ojos y oídos de lobo acosado. Se había criado y desarrollado al aire libre, y no tenía fe en la soledad soñadora. Si un espíritu tenaz, crudo e indómito le había espoleado a asirse con insistencia a la vida cuando solamente poseía el orgullo inquieto y ciego de un vaquero, ¿qué sería lo que le transportaría en aquellas circunstancias en que se hallaba, lo que le haría invulnerable para que pudiera defender la vida preciosa e inocente que dependía de la de él? Y experimentó una gran pasión que lo arrastró como el viento de la tormenta y desgarró el velo del misterio del amor. Se sintió como iluminado por el significado del amor, del hogar, de los hijos, de la vida y de la muerte… ¡Él, que había desafiado a la muerte tan implacablemente!