Arizona
Arizona Luego, Ames se dedicó exclusivamente a comer, aunque oyó la contestación de Steele. Comió una barbaridad, con deleite del gigantesco cocinero y del locuaz Heady. Steele tenía también buen apetito, y Noggin engullía observando y escuchando sin hacer comentarios.
—¿Un cigarrillo? —preguntó Steele al final de la comida.
—Venga —replicó Ames.
Y, después, todos, salvo el cocinero, se sentaron cómodamente alrededor del fuego.
—¿Arizona Ames? —se volvió a preguntar Steele, con sus ojillos negros y preocupados clavados en Ames—. No creo haberle visto a usted nunca, pues es usted un tipo fácil de recordar.
—Tiene usted un buen caballo —observó Steele con un deleite en la apreciación que no pasó inadvertido para Ames—. ¿Cómo le llama usted?
—Cappy. Es el nombre de un viejo amigo, un cazador que yo conocía.
—No está mal el nombre. ¿Cuánto tiempo hace que lo tiene usted?
—Unos siete años; es mío.
—¿Lo vendería usted?
—¿No le ha tomado usted nunca cariño a un caballo? —inquirió Ames.