Arizona
Arizona Ames esperaba esta proposición y estaba preparado para ella. Steele le tomaba por lo que decÃan las murmuraciones de Keystone, aumentadas por las vagas indicaciones que Ames creyera conveniente deslizar.
Noggin, sin embargo, veÃa a través de Ames, o, por lo menos, desconfiaba vivamente de él, o quizá —una probabilidad más remota— conocÃa la reputación de Ames. Éste comprendió que debÃa ser precavido, sin dejar de parecer natural.
—Steele, ya te he dicho que no tengo un céntimo —respondió, al cabo, Ames.
—No lo necesitas.
—¿Qué trabajo es? —preguntó Ames sin más rodeos.
—Caballos.
—¿Cuántos?
—Alrededor de doscientos. De buena sangre y todos domados. Están a punto de ser conducidos, para la venta, al Lago Salado.
—¿Dónde están?
—Por aquÃ, en un rancho mormón del camino de Santa Clara. Son de un mormón llamado Morgan. Vive en San Jorge, Heady ha trabajado con él.
—¿Cuál es tu idea? —continuó Ames con frialdad, encendiendo un cigarro.
