Arizona

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XI

Evidentemente, Brandeth tomó las palabras de Noggin como favorables a una reconciliación o, si no, a una separación que presentaría una nueva fase en la complicada coyuntura.

—Tómate el tiempo que necesites, Arizona, pero no seas exigente tú tampoco —dijo—. Yo no obligo a nadie.

—Estoy pensando mucho, Steele —repuso amablemente Ames, y esto era verdad.

—Mi pobre cabeza está a punto de estallar —confesó con tono quejumbroso el ladrón—. Nunca he podido resistir muchas meditaciones, y me alegraré cuando acabemos con las de ahora… Heady, échale un poco de leña a la hoguera, y tú, Amos, prepara el rancho.

Las sombras se alargaban y aumentaban. El oro desapareció del borde de la pared. El crepúsculo cerró de prisa y extraordinariamente oscuro. Un largo y sordo retumbar de truenos interrumpió el pesado silencio.

—¿Ha sido eso una roca que ha caído por alguna parte, o un trueno? —inquirió Brandeth.

—Tenemos una tormenta encima —replicó Heady.

—Mejor. Así refrescará el aire, se llenarán los arroyos… y se borrarán nuestras huellas.


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