Arizona
Arizona La tormenta de verano estalló mientras Ames y el mormón daban a los ladrones la mejor sepultura posible, que consistió en meterlos en una profunda grieta y cubrirlos con pesadas rocas. El mormón fue más lejos y añadió rocas bastantes para formar un monumento.
—No es probable —dijo—, pero pudiera ser que alguien quisiera ver sus sepulturas.
El trueno reventó con tremendo estampido, rodando sobre el desierto y retumbando misteriosamente en los lejanos cañones. Relámpagos blancos ardían en las nubes de púrpura. La lluvia formaba en el Este un velo que empañaba el cielo rojo, un velo que se espesó hasta convertirse en un sudario gris que marchaba a través del desierto. Luego, el aire caliente que siempre pesa sobre la falda de la serranía del Huracán, como si estuviese albergado allí, empezó a moverse, a adquirir fuerza, a agitar el polvo, a bramar por las grietas de la montaña hasta convertirse en una galerna.
Ames y el mormón se apresuraron por el camino del Norte, galopando delante de la tormenta. La cortina de lluvia no les alcanzó. Pronto la galerna rugía a su espalda y ellos se perdían entre nubes de polvo amarillo.
