Arizona

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Avanzaron hasta la sombra. Los terrenos de alrededor de la casa estaban desnudos y limpios, excepto donde la hierba y los sauces señalaban los canales de riego. Susurraban las hojas de los algodoneros; los pájaros entonaban sus dulces cantos. Burros, pavos y terneros lo invadían todo. Las paredes de piedra, las cercas, los cobertizos y el porche, todo parecía tan viejo como los corpulentos algodoneros.

Heady volvió con un anciano de cabellos blancos y notable apariencia, en cuyos ojos grises ardía aún una llama.

—Ames, éste es el señor Morgan —anunció Heady.

—Me alegro mucho de conocerle, señor —dijo Ames, tendiéndole la mano.

—Parece ser que soy yo el que debe alegrarse de poderle dar a usted la bienvenida —replicó Morgan, estrechando la mano de Ames—. Venga a sentarse al porche. —Hizo subir a Ames los escalones del porche sin soltarle la mano, fijando en él aquellos ojos bondadosos y escrutadores—. Mi hija también le dará a usted la bienvenida. —Dirigió la voz al interior de la casa—: Sal; es un gentil de aspecto muy honrado.

Ames se volvió al ruido de unos pasos ligeros. Apareció una muchacha de elevada estatura, de aspecto saludable, lozana y sonrosada, cuyos grandes ojos grises se fijaron con interés y sin temor en los de Ames.


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