Arizona
Arizona Los dos muchachos, Ronald y Brown, dormían en un desván que tenía acceso por una escala colocada en el porche posterior. Esta aireada cámara estaba aislada del resto de la casa, pero su entrada caía sobre la ventana de la derecha de la habitación de Ester. Lo último que hacían los niños todos los días, era llamar a Ester, que siempre dejaba abierta su ventana por la noche. Ronald y Brown eran en extremo valientes durante el día, pero cuando llegaba la oscuridad su coraje se desvanecía un poco. Halstead, como toda la gente de campo, se acostaba temprano, pero aquella noche los dos muchachos se retrasaban más que de costumbre.
Estaba Ester sentada, tratando de leer y dándose cuenta de que el aire tenía, realmente, una frescura de otoño, cuando oyó un ruido fuera. Quizás aquel forastero, Ames, la había puesto nerviosa. Lo cierto era que no le podía apartar de su mente.
Se asomó a la ventana, para lo cual tuvo que ponerse de puntillas. La noche era estrellada, pero el porche estaba oscuro. Oyó un roce. En aquel país silvestre no era raro que zorras, civetas, coyotes, osos y pumas visitasen el rancho. Por lo general, los perros daban la señal de alarma.
—Es una… civeta —dijo una voz inconfundible, la de Brown.
—¡…!, —fue la respuesta de Ronald.
