Arizona
Arizona Pocos momentos después, Cappy Tanner paseaba sus ojos por la estancia, inmensamente feliz al contemplar el gozo de que había llenado a la familia Ames. No en vano había él ido tomando nota de lo que necesitaban y deseaban.
Por una vez, Mescal y Manzanita estaban mudas y confundidas. La señora Ames no se avergonzaba de sus lágrimas, si es que se daba cuenta de ellas, y miraba a Tanner, como a un ser incomprensible. Nesta era la más favorecida por la generosidad del cazador. Al abrir cada paquete daba un grito de alegría. El último era una caja larga y plana, un poco aplastada por los muchos paquetes que había llevado el burro, pero cuyo contenido estaba intacto. El viejo había requerido los buenos oficios de una amiga de Prescott para ayudarle a hacer aquellas compras, pero se reservó el detalle y adoptó el aire mundano de un hombre en quien tan extraordinario conocimiento no tiene nada de particular. Al principio, Nesta estaba muda y como encantada. Luego le abrazó. Cappy se sintió recompensado con creces, pues la elocuencia radiante de su cara hacía más que pagarle. Al fin lloró y se escapó con los regalos a su habitación.
