Arizona

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XV

Ester pensó que el no tener un momento para reflexionar era lo mejor que podía haberle ocurrido. Apenas había quedado satisfecha de su apariencia, cuando los hombres entraban en el vestíbulo.

Su padre los estaba saludando cuando ella abrió su puerta y entró. Él se detuvo en medio de una palabra.

—¡Bien, señorita Ester! —exclamó Joe, radiante.

—¡Hola, Joe! —replicó Ester, adelantándose con una sonrisa—. No me presente a su amigo. Ya nos conocemos. Luego, levantó la cabeza y alargó la mano a Ames.

—¿Cómo está usted, señor Ames? —dijo, completamente tranquila, en apariencia—. No le reconozco, pero estoy segura de que es usted el señor Arizona Ames.

Y era, en verdad, difícil de reconocer en aquel hombre al terroso y barbudo jinete de ayer. Su mano era firme y fuerte. Ella vio y sintió el poder de unos ojos singularmente azules, cuya mirada podía sostener sólo por lo alborotado de su espíritu.

—De todas maneras, me alegro de que nos presenten formalmente —dijo él, con el acento frío y perezoso del meridional—. Y si eso es un cumplido que usted me hace, se lo devuelvo.


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