Arizona
Arizona Ester se encontró con Joe yendo rÃo arriba, a alguna distancia de la casa. Por la tarde tenÃa algunas horas libres, que pasaba fuera, por lo general, con los muchachos. Siempre que Ester estaba de paseo salÃa a su encuentro. A ella se le ocurrió que, en los últimos dÃas, su vigilancia habÃa aumentado.
—No me gustarÃa que me obligasen a decir qué me gustaba más, si usted o las flores —observó.
—¡Viejo adulador! —exclamó alegre Ester—. Apuesto a que en sus tiempos ha sido usted un demonio con las mujeres.
—No, he sido un muchacho muy pacÃfico.
—¡Cómo me voy a creer yo eso! ¿Cuántas novias ha tenido usted, Joe?
—Una nada más. Me casé con ella cuando tenÃa dieciocho años, y yo, poco más. No tuvimos hijos, pero fuimos felices hasta que se murió. Nunca me he consolado de ella. Pero ya estoy mejor.
—¡Oh! Joe, siento haber sido tan ligera —dijo con sentimiento Ester.
—Ha debido usted subir muy alto. Esas flores no crecen por aquà abajo.
—Ha sido un paseo delicioso. He subido más arriba que nunca, y he descubierto un bosquecillo encantador, desde donde lo puedo ver sin que me vean.
—Sin que la vean…, excepto un par de ojos del halcón que yo sé.
