Arizona
Arizona Estamos en el mes de noviembre; nos hallamos en la Cuenca del Tonto.
Desde el Cerro del Mescal, los dientes blancos y agudos de las cordilleras se clavan en el cielo azul, cerrando el horizonte por tres lados. Al Oeste los Montes Mazatzal, de salvaje aspereza; al Sur, los Cuatro Picos majestuosos y simétricos; a lo lejos, por el Este, la Sierra de Aneas se dibuja blanca y azul. Detrás del Mescal, y dominándole —imponente y cercano al parecer, por lo enrarecido de la atmósfera—, se eleva el borde negro y coronado de nieve de la Meseta de Mogallán, cerrando todo el Norte con sus trescientas millas de abruptos promontorios y cañones purpúreos.
Pero aunque estamos en invierno en las alturas, abajo en las innumerables lomas que cruzan la Cuenca como las costillas de un esqueleto colosal, aún dura el otoño. En rincones abrigados donde llega el sol por algunos resquicios, brillan las hojas verdes y oro de los sicómoros, y el brote oscuro de los robles se destaca vivamente sobre el gris acero en remolinos o deslizándose sereno en largos remansos. Las laderas se alejan ondulantes del Cerro del Mescal, como un mar verde de pinos, abetos y cedros, un manto que parece espeso en la distancia, pero que más cerca muestra claros, rocas grises, acantilados rojos y un suelo pardo por las agujas de los pinos, escarlata por el zumaque y azul por el enebro.
