Arizona
Arizona Por debajo de su alegría, de su pasión de amor o venganza o lo que fuera que de ella irradiaba, el afecto de Tanner discernía la tragedia. La vio bailar con Sam, el punto de convergencia de todas las miradas, y Juego con Rich. Aquellos mellizos habían bailado juntos desde la infancia. Se movían como uno solo; Rich, personificando la gracia masculina, y Nesta con los ojos entornados, oscuros y soñadores, sin ver nada, perdidos en la música y el ritmo de la danza.
Cappy Tanner dejó el salón y se dirigió tristemente a su alojamiento. Presentía calamidades desconocidas. A la mañana siguiente, una hora después del amanecer frío y gris, cabalgaba solo hacia el Cerro del Mescal.
Nesta también regresó aquel mismo día, más tarde acompañada de Sam, Rich, su madre y las mellizas, todos cansados y exhaustos. Cappy los vio sólo unos momentos. Pero al siguiente día volvió a reanudarse la vida serena e igual del Cerro del Mescal. Cappy se alegró de ello, aunque le pareció la calma que precede a la tempestad.
—¡Cappy, estoy borracho o soñando! —exclamó Rich cuando Tanner apareció en la cabaña.
—Tienes cara de estar excitado, pero no borracho.