Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Despertó a Magdalena a la mañana siguiente el chisporroteo de un alegre fuego, y lo primero que vio al abrir los ojos fue una inmensa chimenea de piedra en la que ardían haces de ramaje. Alguien, pues, había encendido el fuego durante su sueño. Durante un momento, sintió la misma sensación de desconcierto ya experimentada antes. Recordaba de modo vago la llegada al rancho, y la entrada a un enorme edificio a una de cuyas habitaciones, pobremente iluminada, la habían conducido. Al parecer, se debió quedar inmediatamente dormida, y se había despertado sin la menor noción de cómo se había acostado.
En breves segundos despejóse por completo. El lecho estaba próximo a uno de los extremos del ancho aposento. Las paredes de adobe recordaban los antiguos castillos feudales, de suelos y muros de piedra, con recias vigas ennegrecidas en el techo. El escaso moblaje, en extremo carcomido, estaba en deplorable estado. Dos ventanas a ambos lados de la chimenea y otra contigua al lecho inundaban la estancia de luz. Desde su sitio, Magdalena veía la sombría y sosegada falda de una montaña.
