Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste ¡Qué niños eran aquellos gigantones! ¡Qué transparentes sus más astutas estratagemas! Algunos de ellos ofrecían semblantes solemnes como canónigos; otros, expresiones que hubieran cuadrado a rostros de gobernantes en el acto de firmar convenios de trascendental importancia. Eran criaturas y como criaturas debían de ser tratados. Requerían gobierno, pero para gobernarles era preciso mimarles. Hubiera sido difícil hallar muchachos más amantes de la distracción y más alegres que aquéllos, y eso que eran hombres. Según Stillwell, su exuberancia espiritual tenía como fundamento el cambio introducido en su existencia. Veintisiete cowboys en relevos de a nueve, trabajaban ocho horas diarias. En el Oeste aquellas condiciones eran, hasta entonces, inauditas. El verano profetizaba que de los cuatro puntos cardinales empezarían a afluir cowboys en cuanto se divulgase la noticia.