Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Conseguà llevarle una vez por el buen camino… Acaso pueda repetir la suerte. —Y animándose un poco se volvió hacia Magdalena—. Tengo una idea, señorita Majestad. Si consigo hallarle, Gene Stewart es el hombre que necesito para capataz. Él puede manejar a esa cuadrilla de cowboys que me está secando el seso. Más aún; habiendo peleado con los rebeldes y con ese renombre de «El Capitán», los mejicanos de la comarca se hincarán de rodillas ante él. Señorita Majestad, aún no hemos logrado vernos libres de don Carlos y sus vaqueros. Cierto que nos vendió el rancho y el haberÃo, pero, como recordará usted, no se estipuló por escrito la fecha en que debÃa abandonarlo. Y… don Carlos no tiene traza de querer marcharse. No me gusta ni pizca cómo pintan las cosas. Digo y repito que don Carlos sabe más de lo que aparenta acerca del ganado que yo perdà y del que usted lleva perdiendo. El zorro es uña y carne con los rebeldes. Apuesto lo que quieran a que cuando se decida a levantar el campo, él y sus vaqueros formarán otra de esas guerrillas que están devastando el paÃs en la divisoria. La revolución dista mucho de haber terminado; ahora empieza y esas cuadrillas de bandidos se aprovecharán de las circunstancias. Tal vez volveremos a los antiguos tiempos. Y yo… necesito a Gene Stewart. Lo necesito de veras. ¿Me permitirá usted contratarle, señorita Majestad, si consigo hacer que entre en el buen camino?