Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Don Carlos logró incorporarse para hacer frente a Stewart. El postrado vaquero se movió gimoteando, sin levantarse.
—No me venga con su endiablado lenguaje —dijo el cowboy—. Puede y sabe hablar americano y lo entiende perfectamente. Si trata de oponer resistencia, acabaremos con usted y con sus vaqueros en menos que canta un gallo. Ha de abandonar este rancho. Puede llevarse los caballos que hay en el segundo corral y sus arreos y farderÃa. También hallará allà provisiones. Ensillen y… andando. Don Carlos, le trato a usted mucho mejor de lo que se merece. Cuanto ha dicho de esas cajas de municiones y armas es una sarta de mentiras. Está usted infringiendo las leyes de mi paÃs, y para mayor audacia, en una propiedad confiada a mi custodia. Si tolerase que ese contrabando prosiguiera, acabarÃa yo por verme complicado en ello. Por lo tanto, abandone esta pampa. Si no lo hace, antes de seis horas estará aquà la caballerÃa americana, y puede usted tener la certeza de que se llevarán lo que hayan dejado de ustedes mis cowboys.
Don Carlos procedió como si a más de ser un excelente actor se sintiese descargado por la lenidad de Stewart. O tal vez la saludable referencia a las tropas americanas tuvo la virtud de amilanarle completamente.