Bajo el cielo del oeste

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XI

Magdalena aherrojó la puerta, y, abalanzándose a la cocina, ordenó a la despavorida servidumbre que asegurasen todas las puertas de la casa. Luego fue corriendo a sus habitaciones. Tardó contados segundos en cerrar las recias contraventanas y pasar las barras, y, sin embargo, cuando efectuaba la operación en el aposento que le servía de despacho, el tableteo de cascos parecía ya retronar frente a la casa. Confusamente, vislumbró una caterva de salvajes y peludos jinetes. Jamás había visto vaqueros que se pareciesen a aquellos hombres. Los vaqueros tenían gracia y estilo; gustaban de adornarse con profusión de abalorios y franjas; enjaezaban sus monturas con plateados arreos. Los caballistas que invadían la avenida eran toscos, enjutos, salvajes. Eran guerrilleros; una de aquellas cuadrillas de merodeadores que desde hacía ya tiempo venían esquilmando la divisoria, al amparo de la revolución. Una segunda ojeada convenció a Magdalena de que no la componían únicamente mejicanos.






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