Bajo el cielo del oeste

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XII

Tres días bastaron a Magdalena a su vuelta al rancho, para que desapareciese hasta el último vestigio de incomodidad física que pudiese recordarle sus arriesgadas experiencias. El hecho la sorprendió, aunque no tanto como el advertir, a las pocas semanas, que el recuerdo mismo de la aventura se había desvanecido casi por completo. A no haber sido por la persistente aunque recatada vigilancia de sus cowboys habría casi olvidado a don Carlos y a los guerrilleros. Magdalena convencióse del espléndido temple físico que la vida rural había desarrollado en ella; convencióse también de que había llegado a asimilar algo del característico menosprecio del Oeste por los peligros.

Una ruda jornada, un día de polvo y de sol, una aventura con bandidos… habrían tenido antaño para ella extraordinaria importancia. Ahora eran incidentes que armonizaban con el resto de su transformada vida.

No había día que no aportase alguna novedad interesante. Stillwell, que no cesaba de lamentar su abandono la mañana de la captura de Magdalena, parecía más un ansioso padre que un fiel intendente. No estaba nunca tranquilo acerca de la joven si no la sabía en el rancho o en sus cercanías bajo la inmediata custodia de Stewart o de Nels o de Nick Steele. Naturalmente, confiaba más en el primero que en los demás.


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