Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste En la constante excitación de los siguientes dÃas hubiera sido difÃcil precisar quién experimentó mayor regocijo del paso del tiempo, si los huéspedes de Magdalena, o sus cowboys o ella misma. Considerando la monotonÃa de la ida de los muchachos, la joven se inclinaba a creer que a ellos correspondÃa la mayor fruición. Sin embargo, Stillwell y Stewart habÃan hallado la situación algo fastidiosa. Las faenas del rancho tenÃan que seguir su curso y algunas de ellas estaban deplorablemente retrasadas. Stillwell era tan incapaz de resistirse a las damas como de presenciar las extravagancias y extraordinarias arlequinadas de los cowboys. Gracias únicamente a Stewart, la crÃa de ganado prosiguió sin serios quebrantos. Del alba al crepúsculo estaba a caballo, obligando a los indolentes mejicanos, contratados para dejar en mayor libertad a los cowboys, a trabajar como no habÃan trabajado nunca.
Una mañana de junio, Magdalena y sus amistades charlaban en el porche cuando Stillwell apareció por la vereda de los corrales. HacÃa dÃas que no cambiaba impresiones con la joven, omisión tan inusitada como digna de mencionarse.
—Aquà llega Bill… algo amoscado —dijo riendo Florencia.
