Bajo el cielo del oeste

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XIII

En la constante excitación de los siguientes días hubiera sido difícil precisar quién experimentó mayor regocijo del paso del tiempo, si los huéspedes de Magdalena, o sus cowboys o ella misma. Considerando la monotonía de la ida de los muchachos, la joven se inclinaba a creer que a ellos correspondía la mayor fruición. Sin embargo, Stillwell y Stewart habían hallado la situación algo fastidiosa. Las faenas del rancho tenían que seguir su curso y algunas de ellas estaban deplorablemente retrasadas. Stillwell era tan incapaz de resistirse a las damas como de presenciar las extravagancias y extraordinarias arlequinadas de los cowboys. Gracias únicamente a Stewart, la cría de ganado prosiguió sin serios quebrantos. Del alba al crepúsculo estaba a caballo, obligando a los indolentes mejicanos, contratados para dejar en mayor libertad a los cowboys, a trabajar como no habían trabajado nunca.

Una mañana de junio, Magdalena y sus amistades charlaban en el porche cuando Stillwell apareció por la vereda de los corrales. Hacía días que no cambiaba impresiones con la joven, omisión tan inusitada como digna de mencionarse.

—Aquí llega Bill… algo amoscado —dijo riendo Florencia.


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