Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Hagamos un poco de historia —prosiguió Stillwell—. ¿Recuerda usted cuánto afán pusieron los muchachos en el arreglo de la meseta para el campo de golf? Aunque no he visto ningún otro, apuesto cualquier cosa a que el nuestro es de los mejores que existen. Los muchachos tenÃan mucha curiosidad por saber en qué consistÃa el juego; ya recordará su interés por verles jugar a su hermana y a usted. Bueno, en cuanto ustedes lo dejaban, empezaban ellos a practicarlo. Monty Price actuaba de caudillo. Viejo soy, señorita Majestad, y acostumbrado a las excentricidades de los cowboys, mas cuando oà a ese requemado paticojo matabueyes de Montana declarar que no habÃa juego alguno que fuese demasiado difÃcil para él y que el golf se ajustaba perfectamente a su talla… por poco si pierdo el sentido. ¡Y lo decÃa más serio que un predicador! ¡Y se pasaba el dÃa practicándolo! Cuando Stewart le confió el cuidado del campo y de la caseta y de todos esos palitroques tan raros, Monty se creyó en la gloria. En el fondo, le escuece el saber que ya no vale gran cosa como cowboy, y se alegró de tener un empleo que no le diera la sensación de que le conservaban por lástima. Bueno, pues Monty practicó y leyó libros de los que tienen en la caseta y convenció a los demás de que hiciesen lo propio. No le debió costar gran trabajo. Jugaban al amanecer y por las noches a la luz de la luna. Al principio, Monty era el maestro y los muchachos asà lo aceptaron, pero pronto Frankie Slade creyó saber tanto como él y tuvo que entendérselas con Monty. Bueno, Monty le dejó malparado. Luego, uno tras otro, los demás muchachos desafiaron a Monty y a todos los ganó. Después empezaron a jugar por parejas, y durante algún tiempo marchó a las mil maravillas. Pero los cowboys no están satisfechos si no ganan siempre, sea a lo que sea. Monty y Link, los dos tullidos, acumularon fuerzas y resolvieron zurrar a cuantos se presentasen… Ambos se salieron con la suya, y ahà está el enredo. Los otros intentaron pacientemente ganar a aquel par de patas rancas y no lo consiguieron. Si Monty y Link tuviesen las dos piernas sanas como todo el mundo, es probable que no hubiese ocurrido nada, pero… no hay cowboy que se trague la pÃldora de dejarse ganar por un par de lisiados. Si les oyese usted en los alojamientos… tanto al uno como al otro se les ha subido el golf a la cabeza y se dan una importancia que tira de espaldas. En cuanto Monty empieza a usar las palabras que ha aprendido en esos libros, los demás se quedan como quien ve visiones, y naturalmente, cada partida, apenas comenzada, acaba en una trapatiesta. Para bien de este rancho, y dejando a un lado la posibilidad de una batalla campal, Monty y Link tienen que verse derrotados. Hasta que no se consiga eso, no tendremos paz ni sosiego.