Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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»A los diez o doce días de semejante existencia, las largas vigilias me dejaron exhausto, y una noche, cansado de esperar, me rindió el sueño. Mi escopetero estaba solo en la tienda conmigo. Un fantástico rugido me despertó, luego un terrible grito desgarró mis oídos. Dormía siempre con el rifle en la mano e intenté incorporarme, mas me fue imposible por tener el león encima de mí. Permanecí inmóvil. Los gritos de mi escopetero me dieron a entender que el felino se había apoderado de él. Quise intentar lo posible por salvarle, pero juzgué lo más prudente no hacer movimiento alguno mientras estuviese debajo del león. De pronto, la fiera cambió de postura y sentí los pies del infortunado Luki arrastrándose sobre mí, en tanto que gritaba: “¡Sálvame, Bwana[26]!”. Por instinto me así a uno de sus tobillos. El león salió de la tienda, llevándome a rastras, cogido al pie de Luki. A la brillante luz de la luna pude ver que era un inmenso ejemplar de negra melena, y que tenía cogido a Luki por un hombro. El infeliz gritaba sin cesar. Antes de darse cuenta de la doble carga que llevaba, el león debió recorrer al menos cuarenta yardas. Entonces se detuvo y se volvió. ¡Por Júpiter! Tenía un aspecto diabólicamente feroz, con su maciza y enorme cabezota, sus ojos verdes y relampagueantes y sus formidables dientes clavados en el pobre Luki. Solté el pie y me acordé del rifle. Pero, como estaba tendido de costado, antes de intentar incorporarme hice un horrible descubrimiento. ¡No tenía arma alguna! La mía debió resbalar debajo del brazo, y con el azoramiento natural al presentarse el león, había cogido la lanza de hierro de Luki, que siempre guardaba junto a sí. El sanguinario animal soltó al indígena, lanzando un rugido que hizo temblar la tierra. Entonces fue cuando tuve miedo. Durante unos momentos me quedé como paralizado. El león se aprestaba a acometerme, y de un salto hubiera podido alcanzarme. En tales circunstancias se piensan muchas cosas en poco tiempo. Sabía que echar a correr me hubiera sido fatal. Recordé lo extrañamente que reaccionan los leones en determinadas circunstancias. Una sombrilla había bastado para ahuyentar a uno; otro huyó despavorido al oír un trompetazo; un tercero emprendió precipitada fuga viendo venir hacia él a un indígena que huía de otro león que le acosaba… En consecuencia, me pregunté si sería posible amedrentar al que iba a abalanzarse sobre mí. Obrando a impulsos de mi idea le aguijoneé los cuartos traseros con la punta de mi lanza. Amigas, amigos míos, les juro por cuanto más respeto, que aquel león se encogió como un perro, puso el rabo entre piernas y se batió en ignominiosa retirada. Aprovechando mi ventaja, me puse en pie, dando grandes voces, y salí tras él, pinchándolo de nuevo. Lanzó un bufido indigno del rey de la selva. Insistí de nuevo con la punta de mi lanza y… desapareció al galope. Después vi que Luki no estaba herido de gravedad. Pero… nunca he olvidado aquellos momentos.


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