Bajo el cielo del oeste

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III

Magdalena volvió después al gabinete con aquel hermano a quien había a duras penas reconocido.

—¡Majestad! —exclamó él—. ¡Quién podía figurarse verte aquí!

Magdalena sintió en sus venas un cálido estremecimiento, al recordar el acento que aquel apelativo cobraba en labios de este hermano, el primero en nombrarla de este modo.

—¡Alfredo!

Las frases de alborozo por volverla a ver, las excusas justificando su no comparecencia a la estación, eran en él menos características que su forma de abrazarla con abrazo igual al que le diera el día que abandonó el hogar común, y que ella no había olvidado. Pero actualmente era más alto, más corpulento, aunque iba tan cubierto de polvo, y aparecía tan extraño y diferente y forzudo que le costaba trabajo reconocerlo, incluso cruzó su mente la humorística idea de que ahora otro cowboy la estaba amedrentando, y que esta vez era su hermano.


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