Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena volvió después al gabinete con aquel hermano a quien habÃa a duras penas reconocido.
—¡Majestad! —exclamó él—. ¡Quién podÃa figurarse verte aquÃ!
Magdalena sintió en sus venas un cálido estremecimiento, al recordar el acento que aquel apelativo cobraba en labios de este hermano, el primero en nombrarla de este modo.
—¡Alfredo!
Las frases de alborozo por volverla a ver, las excusas justificando su no comparecencia a la estación, eran en él menos caracterÃsticas que su forma de abrazarla con abrazo igual al que le diera el dÃa que abandonó el hogar común, y que ella no habÃa olvidado. Pero actualmente era más alto, más corpulento, aunque iba tan cubierto de polvo, y aparecÃa tan extraño y diferente y forzudo que le costaba trabajo reconocerlo, incluso cruzó su mente la humorÃstica idea de que ahora otro cowboy la estaba amedrentando, y que esta vez era su hermano.
