Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Fue a su dormitorio y del maletÃn de mano sacó los documentos.
—¡Seis! ¡Seis baúles! —exclamó Alfredo—. Me alegro de ver qué piensas quedarte algún tiempo. Escucha, Majestad, me costará casi tanto trabajo comprender quien realmente eres como hacerte perder los resabios propios de un novato. Espero que habrás traÃdo un traje de montar. Si no, tendrás que ponerte pantalones, sobre todo si vamos a las montañas.
—¡No!
—Como lo oyes.
—Ya veremos; no sé que contienen los baúles. No me ocupo nunca de ello. Querido Alfredo, ¿para qué están las doncellas?
—¿Cómo es que no has traÃdo una contigo?
—QuerÃa estar sola. Pero no te apures. Soy capaz de valerme por mà misma. Casi me atreverÃa a decir que no me vendrá mal el hacerlo.
Acompañó a su hermano hasta la puerta.
—¡Qué caballo más peludo y polvoriento y… salvaje! ¿Cómo es que lo llevas sin encabestrar? ¿Y si se escapa?…
—¡Novata! Majestad, tendrás un gran éxito, especialmente entre los cowboys.
—¿De veras? —preguntó azorada.