Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena vio que unos mejicanos armados rodeaban el coche. Éstos ofrecÃan una notable diferencia, comparados con los que habÃa visto antes; su silencio y respetuosa actitud la asombraron.
Súbitamente una voz de mando, breve y perentoria, abrió las filas contiguas a la casa. El señor Montes apareció por la brecha, avanzando presuroso. Una sonrisa animaba su moreno rostro. Su continente era cortés, autoritario e importante.
—Señora, no es demasiado tarde.
Hablaba inglés, con un acento extraño rara ella, lo cual parecÃa dificultar su comprensión.
—Ha llegado usted a tiempo, señora —prosiguió—. El capitán Stewart será puesto en libertad.
—¡Libre! —murmuro.
Se incorporo, bamboleándose.
—Venga usted —dijo Montes, cogiéndola del brazo—. Perdóneme, señora.
