Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

XXV

Magdalena vio que unos mejicanos armados rodeaban el coche. Éstos ofrecían una notable diferencia, comparados con los que había visto antes; su silencio y respetuosa actitud la asombraron.

Súbitamente una voz de mando, breve y perentoria, abrió las filas contiguas a la casa. El señor Montes apareció por la brecha, avanzando presuroso. Una sonrisa animaba su moreno rostro. Su continente era cortés, autoritario e importante.

—Señora, no es demasiado tarde.

Hablaba inglés, con un acento extraño rara ella, lo cual parecía dificultar su comprensión.

—Ha llegado usted a tiempo, señora —prosiguió—. El capitán Stewart será puesto en libertad.

—¡Libre! —murmuro.

Se incorporo, bamboleándose.

—Venga usted —dijo Montes, cogiéndola del brazo—. Perdóneme, señora.


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