Bajo el cielo del oeste

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IV

Cuando Alfredo despertó a su hermana la mañana siguiente, aún no había amanecido. Al levantarse a tientas en la grisácea penumbra buscando las cerillas y la lámpara, el aire frío la hizo estremecer. Su habitual languidez se desvaneció con el contacto del agua fría; y al tabalear luego Alfredo en su puerta anunciando que dejaba un jarro de agua caliente afuera, replicó castañeteándole los dientes:

—Gra… gra… cias, pe… pero no la ne… ne… necesito.

Hubo, sin embargo, de recurrir a ella para hacer reaccionar sus entumecidas manos y poderse abrochar corchetes y botones. Ya vestida, observó en el empañado espejo que sus mejillas ostentaban una insólita roseta.

—¡Acabare teniendo colores naturales! —se dijo asombrada.

En el comedor el desayuno estaba a punto. Las dos hermanas comieron con ella. Magdalena se hizo cargo en seguida de la atmósfera de actividad que parecía reinar en la estancia. De detrás de la vivienda provenían ruidos de pisadas recias y voces masculinas, y del exterior el sordo piafar de caballos, crujidos de guarniciones y traquidos de ruedas. Alfredo entró, pisando fuerte.


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