Caravana de heroes
Caravana de heroes No tuvo una contestación para ella. Decir adiós a aquella delicada y blanca criatura era insufrible. Tenía desnudos el cuello y los blancos brazos. Su hermosura le torturaba. Nunca había visto un vestido como aquél. ¡Y se lo había puesto para Murdock! «¡No puedes decir lo que hará una mujer!». ¡Cómo asustaban a Clint estas palabras! Odiaba a Maxwell. May Bell no era para él, pero la poseería por un salvaje y terrible momento. ¿Estaba loco al imaginar una temblorosa respuesta a sus besos? Implacable, apretó los labios contra su boca, sus mejillas, sus ojos, y luego la boca otra vez, consciente de la torturadora dulzura que trataba en vano de recoger y retener, consciente de que éste era el adiós a la belleza, el amor, a la mujer, al sueño de una juventud bravía y llena de esperanza.
Su locura fue tan breve como violenta. Extenuado y vacilante la soltó, la vio caer de rodillas con los grandes ojos fijos en él. Se echó hacia atrás con un grito inarticulado y extendió su blanca forma sobre la hierba.
Clint se alejó corriendo por entre los árboles, a través del valle, más allá de la caravana de carros, a la soledad y a la noche.
En el melancólico amanecer, Clint Belmet, armado como todos los sombríos carreros, conducía un carro por el camino de las Grandes Llanuras.