Caravana de heroes
Caravana de heroes »Me indicó que me acercase, y yo lo hice, puesto que no tenía ningún arma encima, y me dijo: “Mí quiere ir a casa padre, madre”. Hablaba un inglés tolerable. Luego se desmayó; tenía una herida en el cuello, pero la bala no le había tocado ninguna arteria. Mis hombres vinieron a ver lo que yo hacía y Hawkins dijo: “No parece que tienes mucha prisa en despachar a ese piel roja”. Y o le contesté que no pensaba despacharle y que deseaba que le considerasen como de mi propiedad particular. Todos se echaron a reír y convinieron en dejármelo con mucho gusto. Le lavé la herida e hice que un mejicano me buscase hierbas balsámicas y le puse un vendaje. A la mañana siguiente mi enferma estaba mejor y le cargué en uno de los carros que iban a Fort Bent. Llegamos allí en siete días. Mi paciente mejoraba mucho y estaba muy agradecido a lo que hacía por él. No tenía la mirada fija y maligna común a todos los pieles rojas. Yo sentí curiosidad y cuando llegamos al fuerte le hice algunas preguntas.
»—¿Cómo te llamas?
»—Jim Pez Blanco —me dijo.
»—¿Dónde vives?
»—En Big Walnut.
»—¿Eres un Pawnee?