Caravana de heroes

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XVI

La cuarta noche, al salir Clint al Sendero Seco, halló huellas de cascos y ruedas que borraban casi todas las de la caravana de Blackstone.

Pero Clint no pudo distinguir esto hasta que llegó la luz del día y pudo verlas con claridad. Estudió aquellas huellas y meditó profundamente sobre ellas, pero no se arriesgó por el sendero después de la salida del sol. Estuvo aquella mañana sentado durante largo rato pensando en esa circunstancia decididamente favorable: otra caravana de no pequeño número, a juzgar por las señales que dejara en el camino, y no muchas horas después del paso de la de Blackstone.

En la noche de aquel día, la luna apareció por encima de una negra loma. Clint viajaba de prisa. Su incansable montura apenas necesitaba que la mantuviesen al trote. Hacia medianoche, en un lugar sombrío dominado por un risco bajo, el caballo se espantó y relinchó asustado. En el momento en que se detuvo, Clint percibió el olor de carne putrefacta. Conocía aquel hedor. Desmontó y, aguzando los ojos, avanzó con mucha precaución.

El tufo de piel quemada llegó a su nariz haciéndole estremecer. Los indios habían atacado la caravana de Blackstone o a la que le seguía, dejando en su camino la muerte y el fuego. Pronto llegó Clint a los esqueletos abrasados de los carros de carga y una humeante pila de pieles embaladas.


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