Caravana de heroes

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III

Clint permaneció en la tienda envuelto en sus tiendas: Pero no le calentaban. Parecía estar helado por dentro. El perro se quedó junto a él, tratando de decirle que algo malo ocurría.

Imposible dormir. Clint se incorporaba de cuando en cuando para mirar la forma inmóvil y cubierta que yacía al otro lado de la tienda. ¡Su madre! No podía darse cuenta de que estaba muerta. Cuando una vez más llegase la luz del día, despertaría de aquella horrible pesadilla. Su padre entraba con frecuencia.

Ninguno de los hombres se volvió a acostar aquella noche. Clint oía sus pisadas y sus voces contenidas. Los indios no volverían a sorprenderlos.

Se desvaneció el resplandor plateado sobre la lona de la tienda. Reinó por algún tiempo la oscuridad y luego llegó la lenta y blanquecina luz del alba. Al romper el día empezó a agitarse el campamento. Clint se puso las botas y salió. La mañana era tan hermosa como las demás, pero para Clint estaba ensombrecida por una especie de horror. Parecía aturdido. Anduvo un poco por el campamento. Fuera del círculo de carros vio a dos indios que yacían en el suelo con la cara negra y terrible. Sus cuerpos casi desnudos estaban ensangrentados. Uno tenía un puñado de hierba apretado en una mano.


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