Caravana de heroes
Caravana de heroes Al día siguiente, Clint Belmet se unió a un convoy del ejército que se dirigía a Santa Fe, pero como viajero. Estaba lleno de golpes, de heridas de bala, de tomahawk, de cuchillo. Pero todas sus heridas nada significaban para él. Su voluntad era tan poderosa que podría obrar milagros.
El cruce del río Pecas fue para Clint causa de suprema alegría. Por alguna parte en Nuevo Méjico, al oeste del Pecas, estaba la pequeña ciudad de Las Cruces.
En Santa Fe se enteró de que su antiguo amigo y consejero, Kit Carson, se estaba muriendo en Taos. A pesar de estar endurecido por la simplicidad y fatalidad de la muerte en la frontera, la noticia le conmovió profundamente.
Fue a Taos, donde se enteró de que Carson había sido trasladado al puesto del ejército más próximo. Clint se apresuró a dirigirse a él con la rapidez que su estado le permitía. Muchos años hacía que no había visitado Fort Lyon, pero recordaba el país, el puesto y hasta el médico militar que asistía al enfermo.
Conocí a Carson hace muchos años, cuando era yo aún un muchacho —explicó Clint—. Me quería mucho y me aconsejó cómo enfrentarme con la vida en la frontera. Me gustaría verle.
