Código del oeste
Código del oeste —¡Bueno! ¡Que me ahorquen por los pies! —exclamó el mocetón, iluminándosele el semblante—. ¡Ese mamarracho!… ¿Pero es capaz de golpear a nadie? Parece increÃble… ¿No le pegarÃa con un martillo o con alguna llave inglesa?
—¡0h, le pegó de firme, te lo aseguro! Y sin herramienta alguna —rió Cal mirando a la muchacha. Ésta le soltó el brazo que le tenÃa cogido. Estaba pálida, excepto por las inconfundibles trazas del colorete. Cal advirtió el rojo de las mejillas y el carmÃn de los labios con cierta sensación de desagrado. Pero también la frÃa y graciosa audacia de su serena sonrisa y el intenso fulgor de su mirada. Se sentÃa turbado al mirarla. ¿Qué era lo que le sucedÃa?
Justamente en ese instante se abrió el cÃrculo de curiosos que rodeaban a Bloom y se vio a varios de ellos ayudándole a levantarse. No podÃa tenerse en pie por sà solo y presentaba un aspecto por demás ridÃculo.
—Oigan…, amigos…, ¿qué me ha pasado? —balbuceó trabajosamente.
—Bueno, Bloom, suponemos que le han dado una buena tunda —contestó uno.
—¡Huy!… ¡Demonio!… Estoy medio muerto… ¿Con qué me pegó?
Merry, que oyó la patética pregunta, irguió en toda su extensión su larga y flaca figura para contestarle en tono zumbón: