Código del oeste
Código del oeste Juzgada superficialmente, Georgiana parecía ser una linda y vivaracha chiquilla, que había traído consigo los trajes, las costumbres, los resabios y los peculiares modismos del Este… y no había sido comprendida. Los jóvenes del Tonto se sentían atraídos por ella como las moscas por la miel. Para ellos era una nueva especie femenina, extraordinaria, cautivadora, irresistible. Para las muchachas había sido una revelación, una maravillosa criatura que preconizaba la libertad, la independencia y el predominio, que parecían ser las características más sobresalientes de las mujeres ultramodernas. Ya todas habían comenzado a remedar su manera de vestir, sus modales, su habla, y hasta su manera de cortarse el cabello. La cosa iba camino de trastornar las patriarcales costumbres de toda la comarca. Para las mujeres adultas, Georgiana era una persona que escapaba a su comprensión, una intrusa y un peligro.
Para Mary, su hermanita era adorable, a pesar de cuanto pudiera decirse contra ella —que no era poco—. Mientras se la trataba con cariño, se la mimaba y se le dejaba hacer su santísima voluntad, Georgiana era un encanto: dulce, amable, absolutamente simpática y alegre. Pero apenas se la contrariaba en lo más mínimo, se volvía totalmente distinta. Y era imposible no contrariarla, porque constantemente se le ocurrían cosas inauditas e intolerables en el Tonto.