Código del oeste

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—Anoche, poco después de las doce, entramos varios en el restaurante de Ryson para comer un bocado. Habíamos tenido que dejar de bailar a medianoche, por ser hoy domingo. Bueno; Bid Hatfield estaba con nosotros, en nuestra misma mesa, y llevaba un frasco. Nos invitó a las chicas para que probáramos su «mula blanca…». Yo tenía curiosidad, pero no quería arriesgarme. No me gusta la pítima. Las otras muchachas tomaron un sorbito, y yo me eché entre pecho y espalda un tremendo trago, por ver a qué sabía. ¡Y la cogí! ¡Por el patriarca Noé! Jamás volveré a probar el maldito brebaje, créeme.

—¿De veras? ¿Me lo prometes?

—Mira, hermanita; no tengo que prometer nada. Detesto las promesas. No beberé de nuevo esa porquería, porque me da asco.

—Georgie, no me agrada gran cosa ese Bid Hatfield —dijo Mary, pensativa—. Y me sorprende que estuvieras en su compañía, siendo así que ibas con los Thurman.

—A Boyd le sentó la broma como un tiro… y oye, Mary, entre tú y yo, puedes creer que Hatfield no me importa un rábano, excepto para tenerlo como un falderillo. ¡Es tan vanidoso, tan pagado de sí mismo! Las damiselas del Tonto lo han echado a perder.

—¿Estaba Cal allí?


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