Código del oeste
Código del oeste Al final de la danza, estaba Mary acalorada, sin resuello, y momentáneamente exhausta. Acogió con agrado el pequeño intermedio de descanso. Los niños —todos discÃpulos suyos— acudÃan a rodearla, con infantil y franco interés. Pálidos en su mayorÃa, con los ojos agrandados, mostraban los efectos del extraordinario acontecimiento en que participaban, y parecÃan rendidos de cansancio y de sueño. La señora Gard Thurman y otra matrona se dedicaban a la tarea de acostar a los pequeñuelos. Diez criaturitas estuvieron pronto profundamente dormidas, en una ancha cama improvisada en el suelo, con mantas traÃdas por las respectivas madres para ese objeto.
Cuando los danzantes se aprestaban a comenzar de nuevo, se puso en pie el viejo Henry, violÃn en mano, e hizo sonar algunas notas agudas para atraer la atención.
—Amigos —dijo—, como miembro de la Junta escolar he sido encargado de dar esta noche un voto de gracias a nuestra excelente maestra, señorita Stockwell. Apreciamos y agradecemos como se debe su admirable labor. TenÃa también la grata misión de pedirle que permaneciera entre nosotros el mayor tiempo que le fuera posible. Pero, afortunadamente, esto último resulta actualmente innecesario. La señorita Mary ha resuelto formar su hogar en el Tonto… y el afortunado mortal es mi hijo Enoch.