Código del oeste
Código del oeste —¡Oh, desde luego, la acompañaré con mucho gusto! —respondió serenamente Cal con la vista fija en los ojos de ella y evidenciando tanto dominio sobre sà como el que tenÃa el reposado Enoch—. Precisamente vine con el propósito de llevarla a casa.
Luego, en el súbito cambio que se obró en la actitud de Georgiana, se tuvo la comprobación de que no habÃa contado demasiado con la caballerosidad del muchacho. Pero, mujer al fin, en la hora de mayor apuro, lo habÃa puesto a prueba. Bajó la cabeza, confundida. Quizá sólo la lealtad y nobleza de él eran capaces de hacerla avergonzar.
Cal, tomándola de un brazo, la condujo por entre los presentes, que les abrÃan paso, atravesó el umbral, y ambos desaparecieron en la oscuridad.
—¡Eh, Cal! —le gritó entonces Enoch—. No dejes de traer de vuelta el coche.