El Caballo de hierro
El Caballo de hierro No llevando hateros, Neale y King podÃan hacer jornadas largas y más rápidas. Al salir el sol estaban en el camino principal.
OfrecÃa evidencia de considerable tránsito y parecÃa no ya un camino, sino una verdadera carretera. Huellas recientes de caballos y bueyes, rodadas de carretas, ennegrecidos restos de hogueras de campamentos, atestiguaban el Ãmpetu creciente de un movimiento que pronto serÃa extraordinario.
Estaban en territorio indio y no tenÃan idea de si los sioux habrÃan abandonado sus cuarteles de invierno, sintiéndose belicosos. Pero la región era muy vasta y los indios no podÃan estar en todas partes. Neale y King corrieron albures como los corrÃan cuantos viajaban, si bien, montados en raudos corceles, el riesgo era siempre menor que para las carretas. No encontraron rastro alguno de indio; aparentemente estaban solos en aquella selvatiquez.
Del alba al crepúsculo, con un breve descanso a mediodÃa, cubrieron cien kilómetros, llegando a Fort Fetterman sin incidente ni accidente. Allà estaban las tropas, pero no las brigadas de ingenieros del U. P. Neale no dio con soldado alguno conocido. Empero, encontró ordenes, a él dirigidas, de dirigirse a North Platte con cuanta premura le fuera dable hacerlo. Averiguo que estaba a punto de salir para el mismo destino un destacamento de tropa, que darÃa mayor seguridad a la jornada.
