El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Trabajó, como siempre, con aquella habilidad y aquella energía que le hacían insustituible para sus superiores. Allí, empero, la labor era pesada, incolora, sin realce alguno. El joven procuró llenar sus días de trabajo para no darse tiempo de pensar. Pero, a su despecho, en las horas de asueto soñaba con Allie y con el porvenir. Y así se le hacía más llevadero el presente. Estaba siempre al atisbo de los viajeros procedentes del Oeste, acosándolos con preguntas relativas a los indios de los cerros de Wyoming.
Y por las tropas y por transeúntes del Este se ponía al corriente de los progresos del ferrocarril. Era de un palpitante interés, aunque le costaba trabajo creer algunas de las historias que oía.
Pasó el verano y la primera mitad del otoño.