El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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XI

Transcurrieron cuatro estaciones después de la marcha de Neale y de Larry sin que visitante alguno viniese a perturbar la soledad del valle de Slingerland.

En ese lapso, el trampero no dejó ni un instante a Allí, Lee sola o lejos del alcance de su voz. Cuando iba a montar sus cepos o a cazar, ella le acompañaba. La muchacha se hizo fuerte y ágil, podía andar sin cansarse todo un día y portear el rifle y el hato; se le aguzaron la vista y el oído, y su amor por la selvatiquez se acrecentó; no tan sólo era de una positiva ayuda para Slingerland, sino que a su lado, el tiempo pasaba veloz.

Al año de la marcha de Neale y de Larry King, Slingerland empezó a abrigar la creencia de que no volverían nunca. En aquella época los caminos eran peligrosos y con el tiempo se fue confirmando más y más en la idea del acaecimiento de alguna fatalidad, aunque se guardó de comunicar a Allie sus temores. Ella seguía contenta y llena de confianza; esperaba el regreso de Neale por días, por horas. La prolongada espera no la cansó moral ni materialmente; estaba tan lozana, tan esperanzada como siempre. Slingerland no tenía valor para sembrar una duda en el campo de su felicidad y la dejaba vivir en sus ensueños.


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