El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Desde la ventanilla de su vagón, Neale obtuvo su primera visión de la maravillosa ciudad-termino y sus antiguas ambiciones se despertaron. Recorrió la distancia, mil trescientos kilómetros —no mil doscientos noventa y cinco—, desde Omaha. Tanta era, pues, la distancia al Oeste, de Benton.
Estaba enclavado en un baldío, todo álcali y desolación; en un ventoso desierto, perpetuamente polvoriento; poblado inmenso, sito donde la vida resultaba imposible para todo poblado; Benton era presa del sol, del polvo, de la sequía y del viento, terrible e insoportable, frío. Sin salvias, sin cedros, sin césped, sin siquiera cactos, sin nada que pusiera una nota de color grata a la vista, que se perdía en una inmensidad de grises y de blancos a través del polvo hasta los lejanos, desnudos y desolados cerros.
El infierno que, según decían, era Benton, estaba en armonía con su situación.
El larguísimo tren aminoro la marcha y se detuvo. Una ráfaga de viento, una nube de finísimo polvo, una discordante algarabía de gritos, entraron por las ventanillas simultáneamente. La heterogénea masa de humanidad con la que Neale había viajado desembarco presurosa, cargada de fardos y de hatos.