El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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XXII

Para Allie Lee, prisionera nuevamente entre las garras de Durade, los días en Benton fueron misteriosos; las noches, horribles. Sobrecogida de horror, había tenido el oído acechando pasos, murmullos, como de un sigiloso ejercito en marcha y un extraño y confuso rugido de proporciones varias que no cesaba nunca.

La caravana de Durade entro en Benton de noche. Allie tuvo la impresión de viento y polvo, luces y hombres presurosos y un amontonamiento de tiendas. Vivía en el aposento trasero de una casa de lona. Una puerta se abría sobre un pequeño patio cercado Por tablas, cuya altura le impedía atisbar afuera. Allí se le permitía salir «a pasear». Había visto una sola vez a Durade, la mañana siguiente al día en que Fresno y su cuadrilla la habían traído a Benton, cuando le dijo que se le enviaría su re facción y que allí tendría que estar hasta que le encontrase mejor alojamiento. La conmino con la muerte si volvía a intentar evadirse. Allie podía haber escalado la cerca, pero la atemorizaba más lo desconocido que Durare.




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