El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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XXIII

Neale concibió la idea de que su tan anhelada promoción estaba a la vista, aunque ni su jefe ni Baxter hiciesen la menor sugerencia de tal probabilidad. Pero al progresar la obra, Neale se había visto confiar con mayor frecuencia inspecciones cada vez más importantes.

Conocía de antiguo su especial talento para resolver problemas intrincados de ingeniería y, con la experiencia, vino una mayor confianza en sus propias aptitudes. Se le había enviado de acá para allá, siempre con excelentes resultados. El general Lodge le consultaba; Baxter des cansaba en él: los jóvenes subalternos aprendían a su lado. Y cuando Baxter y su cohorte fueron a los cerros, Neale quedó con prodigiosa cantidad de trabajos entre las manos. Empero, casi siempre lograron regresar de noche a Benton.

Se convirtió en un buscador, en un investigador empedernido. Creía haber visitado una por una todas las tiendas, las cabañas, los entoldados y los salones de baile de Benton. Pero no halló ni la menor pista que le condujera a Allie ni volvió a ver el inolvidable rostro de Fresno. Vio a más de un español y no pocos mejicanos, pero ninguno de ellos podía ser Durade el tahúr.

Benton era demasiado complejo, demasiado mutable, para poder escudriñarse en tan breve plazo. Neale llevo su carga, que por días se hacía más pesada. Y el acrecentado trabajo de la línea fue su salvación.


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