El Caballo de hierro
El Caballo de hierro La tarde y la noche del día de paga en Benton, durante las cuales Allie Lee estuvo encerrada en su aposento, fueron para ella terribles. Atronaba sus oídos el fragor del poblado… murmullos y alaridos y risas…, voces guturales de hombres ebrios, los fríos acentos de los tahúres, tintineo de cristal y de oro, pasos recios, apagados disparos…, airadas reyertas y, sobre todo y más extraño que todo, las estridentes voces femeniles, elevándose en canciones sin ritmo ni poesía, en risas sin alborozo, en gritos salvajes, plañideros o terribles.
Allie, en la oscuridad, anhelaba la llegada del alba, temerosa a cada instante de que Benton, en su violencia, arrasara los endebles muros de su aposento y lo destruyese. Pero el fragor fue amainando hasta cesar; la oscuridad cedió el paso a la penumbra y luego al nuevo día; salió el sol, se alzó el viento, Benton dormía el sueño del agotamiento.
Su espejo díjole a Allie todo el horror de aquella noche. Estaba lívida, con las pupilas obsesionadas por el terror y hondos surcos violáceos subrayándolas. No podía tener las manos quietas.
Entrada la tarde, se oyeron rumores en el salón de Durade. El lugar despertaba. Al poco, el tahúr en persona le trajo su colación. Parecía demudado, exhausto, pero radiante. No reparo en el estado de Allie ni en su actitud.
