El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¡Diles que me viste, Mac! —gritó Casey despidiéndose de todos con la mano. Le contestaron con un estruendoso «¡Hurra!», fijos los ojos en la góndola hasta perderla de vista.
En los primeros instantes, su mayor preocupación fue su pipa, que la corriente de aire habÃa apagado. No obstante la destreza de largos años de práctica, le fue difÃcil volverla a encender y, de no conseguirlo, habrÃa seguramente detenido la góndola para realizar tan importante operación. Cuando, por fin, la pipa tiraba satisfactoria mente y volvió la cabeza, la estación ya no era visible.
Clavó los ojos en la curva donde desaparecÃa la vÃa entre taludes cubiertos de salvias. La pendiente era casi imperceptible para quien no tuviese experiencia y el vagón avanzaba con una lentitud que hacÃa temer a cada instante que se detuviese. Pero Casey sabÃa que no era probable y que si por azar asà fuera, le serÃa fácil volver a ponerlo en movimiento. Un armatoste pesado como aquél y además con carga, sacarÃa toda la ventaja posible a un mÃnimo de pendiente. Lo que le encocoraba eran los traquidos y el ruido de las ruedas que, desde su sitio, parecÃan anormalmente fuertes.